momentos después del incendio en Torrelapaja

Cómo acabó lo que pudo haber sido una tragedia en Torrelapaja

Son las cuatro de la tarde de un jueves, 2 de agosto de 1979, y en Torrelapaja, pueblo aragonés limítrofe con Soria, hace un calor de justicia.

En la radio se escucha la novela “Lucecita”.

En la plaza, a la sombra del frontón y la pared de la iglesia, un zapatero venido de fuera, atiende amablemente a las vecinas que se acercan a ver qué puede ofrecerles.

De pronto, suenan las campanas de la torre y se oye:

¡Qué se quema el pueblo!

Esta podría ser la introducción de una novela de suspense. Pero no, es una historia real y cuyo relato te cuento a continuación.

bomberos apagando el incendio en Torrelapaja

Momentos de incertidumbre en Torrelapaja

Las mujeres soltaron rápidamente las zapatillas y salieron corriendo a sus casas a comprobar que todo estaba en orden y sus familias a salvo. Después acudieron a prestar ayuda sin pensárselo dos veces.

Algunos hombres, jubilados o de vacaciones, se despertaron de la siesta sobresaltados a causa de la gran algarabía que había en la calle.

Otros, que estaban cosechando en el campo, vieron el humo a lo lejos y oyeron tocar las campañas. La cosa parecía grave y se acercaron a ayudar en las labores de extinción creando un cortafuegos en las piezas (así llamamos en Torrelapaja a las fincas) alrededor del pueblo.

Había que evitar por todos los medios que el fuego alcanzase las casas.

Todos juntos, hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, veraneantes, … como una piña, se organizaron rápidamente y unidos hicieron frente a un objetivo común: apagar un incendio que no iba a acabar con sus vidas, sus pertenencias ni sus recuerdos.

Se hicieron varias cadenas humanas para llevar agua de la fuente “El Caño” y las casas con baldes y cubos. Gran parte del agua se derramaba por el camino, pero no era momento de ser precavidos.

vecinos de Torrelapaja extinguen el fuego con baldes y cubos de agua

El tiempo era oro en esos momentos. Había que apagar las llamas.

Entre los gritos, la frase más escuchada era: ¡Qué no cruce…! Sería un desastre que el fuego cruzara el Camino del Caño.

Al otro lado se sucedían sin interrupción paredes coronadas por bardizos.

Los bardizos eran gavillas o fajos de leña fina que remataban los muros de los corrales y se colocaban un tramo hacía el interior del corral a modo de tejado. Servían para:

  • resguardar las paredes de piedra y barro de las aguas,
  • hacer los corrales más abrigos para los animales y sus paredes más altas,
  • recoger las ramas en algún sitio hasta que les llegara el momento de arder en el hogar.

Los que seguís mi blog, recordaréis cómo ya nos contó mi abuelo, Demetrio, que ese techado protegía las gavillas de leña más recia o gruesa.

Feliz desenlace

Afortunadamente, todo terminó bien.

En apenas una hora u hora y media el fuego estaba controlado y no hubo que lamentar daños personales ni materiales, salvo alguna finca, era o corral.

Cuando llegaron los bomberos no quedaba ni rastro de llamas.

Los vecinos de Torrelapaja, aunque todavía con el susto en el cuerpo, volvían a respirar tranquilos y sonrientes. Sus rostros y ropas estaban ennegrecidos, pero se abrazaban y besaban, celebrando que unidos habían vencido lo que podía haber sido una tragedia.

vecinos de Torrelapaja después del incendio

¿Qué hace a Torrelapaja un lugar tan especial?

Yo era muy pequeño y no pude participar. Tan solo fui un mero espectador en la distancia, pero, 41 años después me siento orgulloso, cada día más, de mis paisanos y amigos.

Son muy buena gente. De naturaleza sencilla, sin grandes pretensiones ni expectativas, pero de gran corazón.

Comparten problemas, pero también alegrías y buenas noticias, como una gran familia en la que cada miembro se preocupa por lo que le ocurre al resto.

¡Es la ventaja de conocerse todos!

Torrelapaja es uno de los muchos pueblos de la España vaciada que vieron cómo desaparecían de sus calles los gritos y risas de sus niños, cómo los poyos de piedra perdían a sus inquilinos habituales y cómo las puertas de sus casas se iban cerrando poco a poco.

Pero, a pesar de las circunstancias, es un pueblo vivo.

Un pueblo al que cada verano llegan nuevos veraneantes y al que la mayoría de sus visitantes se marcha con ganas de volver.

Sin contar con un paisaje espectacular, hay algo en Torrelapaja que lo convierte en un lugar especial:

  • Las primaveras irrumpen de forma desbordante con el despertar y resurgir de flores y animales y un sinfín de colores que transmiten una sensación de bienestar indescriptible.
  • Los atardeceres llenan el cielo de violetas, naranjas y amarillos como si de una postal se tratase.
puesta de sol en Torrelapaja
  • El aire es puro y la ausencia de contaminación hace que respirar sea todo un placer.
  • El agua de sus fuentes y manantiales fluye limpia y fresca en los días de más calor en verano.
  • El canto de los pájaros y el arrullo del viento a la sombra de un árbol son la melodía más relajante que puedas escuchar.
  • Las distendidas conversaciones con familia y amigos alrededor de una mesa o en la barra del bar, la libertad de los niños para jugar en la calle y las excursiones a pie o en bicicleta son otros de los muchos motivos que me llevan a escaparme a mi pueblo cada vez que puedo.

La paz y tranquilidad que allí se respira suponen un chute de energía para recargar pilas y afrontar las prisas y el estrés de las grandes ciudades en las que vivimos ajenos a los problemas y preocupaciones de nuestros propios vecinos.

vista de Torrelapaja al atardecer

En medio del casco urbano hay dos edificios de indudable valor arquitectónico:

  • La iglesia parroquial dedicada a la Virgen de Malanca, con una torre fortaleza coronada por almenas del siglo XV fue declarada Bien de Interés Cultural por el gobierno de Aragón en 2001.
  • La Casa Hospital de San Millán, hermoso palacio gótico-renacentista con un fabuloso patio con dos cuerpos de columnas y galería superior sorprende gratamente al visitante.   

¡Y las fiestas! ¿Qué puedo decir de las fiestas de un pueblo?

Es momento de reencuentro con aquellos seres queridos que no has visto en todo un año.

Es momento de algarabía, diversión y actividades sin parar.

Es momento de agarrar de los hombros a quien tienes al lado en la verbena de la noche y formar una cadeneta por toda la plaza o bailar, sin rechistar, siguiendo las instrucciones de la orquesta de turno.

Aquel día de principios de agosto de 1979 mi pueblo, Torrelapaja, se salvó de lo que podía haber sido una tragedia. Lo salvaron sus gentes, su valor más preciado.

Porque son precisamente las personas de un lugar las que definen su idiosincrasia y lo hacen especial.   

Yo, llevo el nombre de mi pueblo allí por donde voy.

Y por muchos sitios donde haya vivido o visitado, al final siempre vuelvo allí donde están mis raíces, donde me encuentro más a gusto y donde tengo mis recuerdos más queridos.

¿Tú también acudes de forma recurrente a ese lugar tan especial para ti? Seguro que es increíble. ¿Dónde está? Cuéntanoslo en comentarios. Nos encantaría visitarlo.

12 comentarios en “Cómo acabó lo que pudo haber sido una tragedia en Torrelapaja”

  1. ¡Yo me acuerdo de ese día! Mi madre me despertó de la siesta, me llevó a casa de mi vecina Carmen, quien me puso unas sandalias de su hija y me dio una rodaja de sandía.
    Es de mis primeros recuerdos
    Seguiremos recordando Carlos

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  2. Ay Carlos ! Leo tu precioso relato y no puedo evitar traerlo a nuestros días como una triste metáfora de la COVID-19.
    ¡Cómo me gustaría que esa frase » … todos juntos … como una piña … hicieron frente a un objetivo común …» la asimilaran nuestros políticos y en general toda la sociedad!
    A ver si pronto podemos finalizar la metáfora con «… los vecinos … volvían a respirar tranquilos y sonrientes …».
    Felicidades de nuevo por tu blog.

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